Ayer asesine 50 estrellas buscándote y prendí una veladora para llamarte con la pasión con que baila la indiferencia de mi diminuta flama.
Eres la única pequeña estrella de la noche que la luna envidia
y lo pesado controlable de tu respiración se convierte en levedad tentadora,
en tanto te interrumpo el sueño mi momento de vida.
Congelo el tiempo en instantes que devoras a pedacitos,
imponiendo tu orgullo,
ajena al mundo que te ofrezco,
divirtiéndote con mis labios salados,
acabándotelos en plazos de palabras para fumar.
Lo admito,
no es la primera vez que sucumbo en eliminar las cosas más bonitas para disfrutarte,
pero después de la primera ronda:
el clima se adapta a mi situación,
el ambiente se fusiona en evocaciones de tu voz,
tu rostro se vuelve un icono en la ortodoxia oriental
entonces…
Simplemente sigo igual.
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